¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? (Isaías 6: 8a)

"Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos". (Isaías 6: 5 RVR 1960)
"Entonces dije: ¡Todo se ha acabado para mí! Estoy condenado, porque soy un pecador. Tengo labios impuros, y vivo en medio de un pueblo de labios impuros; sin embargo, he visto al Rey, el Señor de los Ejércitos Celestiales". (Isaías 6: 5 NTV 2010)
Yazmín Díaz Torres
     Nada se ha acabado. Apenas es cuando comienza.
     Has sido escogido o escogida por Dios. Escogido y escogida con un propósito específico, el cual Él no ha olvidado ni olvidará.
     Sí que somos pecadores y pecadoras, pero quién mejor que el Señor para conocer el estado, la condición de nuestro corazón.
     Seamos dóciles a la voz del Espíritu Santo de Dios quien nos redarguye, nos convence de pecado y nos lleva al arrepentimiento.
    ¡Escuchemos la voz de nuestro Señor hablándonos al corazón!
     ¡Arrepintámonos de nuestros pecados! En especial los de la lengua, de lo que decimos porque nuestras palabras reflejan el estado de nuestro corazón.
     Pongámonos de acuerdo con lo que dice Su Palabra, Su Voluntad.
     No nos pongamos de acuerdo con el padre de mentira, Satanás. Este querrá e intentará callar tu voz, cerrar tu boca una y otra vez.
     Utilizará mentiras, acusaciones, juicios, intimidación. Tratará de inmovilizarnos lanzando y creando situaciones, malos entendidos y toda clase de artilugios.
     Tratará de hacernos sentir indignos, insignificantes. Hará que nos sintamos incomprendidos, irrascibles.
    ¿Y qué importa si no nos comprenden? ¿Si no nos escuchan? Jehová envió a Isaías a hablarle a un pueblo y le adelantó que "lo oirían , pero no lo entenderían; que verían, pero no comprenderían" (Isaías 6: 9).
     Dios mismo había dictaminado juicio sobre su pueblo. Sus corazones serían engrosados, forrados de grasa para que sus corazones no fuesen transformados por la palabra que Isaías daría de parte de Dios: "Engruesa el corazón de este pueblo..." (v. 10a).
    Todavía más: "...y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vean con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, NI SE CONVIERTA, Y HAYA PARA ÉL SANIDAD" (v. 10).
    No tiene mucho sentido, pero en realidad lo tiene para Dios. Isaías no entendía para que lo enviaba a hablar si no lo escucharían. Por eso preguntó que hasta cuándo sucedería así porque cuando el profeta habla lo que viene de la boca, del corazón mismo de Dios, anhela que haya conversión.
     Dios lo sabe todo. Él es Dios. Él conoce los tiempos y es un experto en esa materia. A nosotros y nosotras, nos toca obedecer, aunque nos duela y no entendamos.
     Confesemos al Padre nuestros pecados y pidámosle perdón, en el Nombre de Jesús.
     Vayamos en confianza al trono de la gracia y hallaremos nuestro oportuno socorro.
     Jesús hizo provisión para el perdón de nuestros pecados e iniquidades, para limpiarnos, levantarnos y restaurarnos:
     "Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenzas; (7) y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado". (Isaías 6: 6-7)
     Así que no pongamos más excusas para no hacer lo que Él nos llamó a hacer.
     El Señor sabía y sabe cuántas veces, cuándo y cómo caeremos, pero Su Palabra dice: "siete veces cae el justo y siete veces Jehová lo levanta".
     Ahora, Él, ya te limpió, te redimió y te justificó. Así que no tenemos excusas.
     Debes recordar, una vez más, que Él te escogió, te llamó y te comisionó.
     Ahora levántate y anda que largo camino te resta. No existen excusas para no hacer lo que se te dio el privilegio de hacer.
    NO TE CALLES. NO IMPORTA LO QUE LOS DEMÁS DIGAN. Es más, ¡ay de aquellos que no cumplen con el mandato del Señor y de aquellos que te hacen tropezar para que no lo cumplas!
     "Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí". (Isaías 6: 8b)
     ¡Dios te bendiga!

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