LLAMADO: Y YO TAMBIÉN TE DIGO QUE TÚ ERES…

(Pixabay)

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. (Mateo 16: 18).


Yazmín Díaz Torres

            Desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo, se puede apreciar cómo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, expresa el deseo constante de mostrase, de revelársele a la humanidad con el propósito de que le conozcan, de que crean en Él, y de que decidamos vivir cerca de Él obedeciéndolo y amándolo con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón y con todo nuestro ser.
También se nos revela para llamarnos y enviarnos a hacer lo que Él ya preparó desde antes de la fundación del mundo para cada uno de nosotros. Nada ni nadie deberá ocupar ese lugar. Él debe ser nuestro único Dios.
            Se dice fácil, se lee fácil y rápidamente, pero cada uno de estos aspectos, cada una de estas “epifanías” es vital, es importante y tiene grandes implicaciones para el reino de los cielos, para la Iglesia de Jesucristo y para cada uno de nosotros en nuestro carácter individual.
            Por eso, por ejemplo, las Sagradas Escrituras registran cómo Jehová se le reveló a Abraham, un hombre que no lo conocía, que creía en muchos otros dioses. Un hombre a quien Dios mira y escoge e, inmediatamente, da órdenes muy específicas y radicales como: “Vete de tu casa y de tu parentela…”.
Un hombre a quien Dios bendijo y, con él, al resto de sus generaciones al punto de que todos nosotros somos recipientes de dichas bendiciones. ¡Por eso es que cada epifanía, cada encuentro entre el hombre y Dios, entre Dios y el hombre, marca tiempos, marca verdades, marca nacimientos, marca cambios, marca generaciones, naciones y mucho más!
La Palabra dice que Dios llamó a Abraham, “amigo”. Igual de interesante es el hecho de que el Señor le cambió el nombre de Abram a Abraham. Lo mismo hizo con la esposa del patriarca, quien llevaba por nombre Saraí y luego Dios la llamó Sara. Esos cambios de nombres tienen razones de ser.
Le cambió el nombre a Jacobo y a varios de sus discípulos.
¡Imagínense! No es cualquiera quien nos cambia el nombre. Es nada más y nada menos que Dios, quien lo cambia por alguna razón específica e importante que solo Él comprende en toda su magnitud, aunque nosotros y los estudiosos en la materia le puedan dar alguna explicación razonable. Aun así, debemos reconocer que “Sus pensamientos son más altos que nuestros pensamientos”.
Lo mismo ocurrió con Moisés, quien había crecido al amparo de Faraón y vivió (durante 40 años), lógicamente, al estilo de las costumbres y de la cultura egipcia, quienes también creían en muchos dioses y no conocían a Jehová, el Dios de los hebreos.
Moisés desconocía cuál era su verdadera identidad, pero Dios la conocía muy bien; y conocía muy bien por qué había permitido que se criara como el hijo de la hija del Faraón.
Dios eligió el momento exacto. Moisés había vivido durante 40 años como príncipe en Egipto. Luego, Moisés abandonó Egipto, a su “familia” y su manera de vivir. Entonces, vivió 40 años más, pero ahora como pastor de ovejas con su esposa y su suegro en Madián.
 Finalmente, Dios se le revela a Moisés en la llama de fuego que ardía en medio de la zarza. Dios conocía, por supuesto, su nombre: “Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí” (Éxodo 3: 4).
 Dios también le reveló Su nombre e identidad. La primera vez le dijo a Moisés: “Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob” (Éxodo 3: 6). De esta manera, Moisés tendría un marco de referencia de quién le hablaba y, así, tendría una mejor comprensión de ese Dios.
 Dios se revela como un Dios misericordioso, fiel y libertador, quien conocía y se había compadecido del sufrimiento de su pueblo, quien había escuchado su clamor y quien estaba al tanto de la maldad de Faraón y de cómo este los había esclavizado y oprimido.
Paso seguido, le explicó a Moisés por qué lo estaba llamando, para qué lo estaba llamando y a qué lo enviaría: “Ven, por tanto, ahora y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel” (Éxodo 3: 10).
¡Así! ¡Sencillito! Luego de tanto tiempo (40 años como príncipe en Egipto y 40 como pastor de ovejas), Dios se aparece, se le revela a Moisés, lo llama y lo envía inmediatamente. ¡Sí, Moisés, es para ahora mismo!
Seguramente Dios te ha llamado por tu nombre, a ti, no a otro u otra; y seguramente te ha dicho para qué te quiere; pero es posible que no haya sucedido mucho de lo que te dijo que sucedería.
Parece que el patrón es que en cualquier momento te pudiera llamar nuevamente, pero que esta vez te diga: ¡Hija, Hija!, mencionando específicamente tu nombre. ¡Ahora es! Y tú: ¿Quééé? Y Él: ¡Sí, es ahora!
¡Jajá! ¡Qué espectacular! ¿Verdad? Es que estas cosas no son cuentos o historias que aparecen en la Biblia. Esta es la verdad. Este es quien Dios es. Uno que nos conoce por el nombre, pues fue Él quien nos pensó y nos creó con un propósito en específico.
Jesús reconoció a Natanael desde lejos porque ya lo conocía bien. El sorprendido y el incrédulo fue Natanael, no Jesús. En Jesús no había dudas respecto a Natanael como no tiene dudas respecto a ti y a mí. ¡Gracias, Señor!

¡Seguramente la tarea nos parecerá grande! Y, seguramente, nos sintamos incapaces a pesar de la pasión que sentimos por Dios y por ese llamado.
En estos momentos es que Dios se nos revela de maneras sorprendentes y nos promete que Su presencia irá con nosotros. ¡Estoy segura de que obedeceremos como lo hizo Moisés, confiando en el majestuoso poder de Dios! ¿Cierto?
Tan pronto Moisés titubeó como si hubiese dado dos o tres pasos hacia atrás, juzgando según su propia condición de desconocimiento de este Dios de los hebreos, Dios se vio en la necesidad de revelarse una vez más: “Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: Yo Soy me envió a vosotros” (Éxodo 3: 14).
Es decir, es usual que Dios se le muestre al “hombre” (y a la mujer) para, a su vez, revelarle quién es él (el hombre o la mujer), para llamarlo y para encargarle una misión (propósito). En muchas ocasiones, para cambiarle el nombre antes de dedicar su vida a la ejecución del plan de Dios o durante ese tiempo.
Ya sabemos que a lo largo del Antiguo Testamento, Dios continúa revelándose a Su pueblo con diversos nombres revelando, a su vez, Su naturaleza.
 ¡Claro! También es usual que Dios no lo revele todo porque si así lo hubiese hecho con Moisés y con otros, es muy probable que hubiesen reaccionado como Jonás, quien desobedeció y trató de huir de Dios y de la misión que le había encomendado.
            Entonces, lo que deseo puntualizar es que, Dios en Sus tres personas, no solo se le ha revelado de formas distintas al ser humano, sino que nos deja ver cómo Él está muy al tanto de quiénes somos nosotros, conoce nuestro nombre y cómo nos cambia el nombre revelándonos, entonces, a nosotros nuestra verdadera identidad dada por Él, quien nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.
            También, podemos apreciar que Dios conoce lo que casi en todo tiempo nosotros desconocemos: conoce nuestro propósito en el reino de los cielos. ¡Claro! Él pensó en nosotros, nos dio nombre y propósito desde antes de la fundación del mundo. ¿Cómo no habría de saberlo?
Esa es una gran razón para confiar en lo que Él dice acerca de nosotros. Es una gran razón para no creer las mentiras que Satanás inventa sobre quiénes somos, sobre lo que seremos o no podremos ser.
Y esa es la mejor razón para buscar en Dios y no en los hombres, las respuestas a las preguntas que todos en algún momento nos hacemos: ¿Quién soy para el Señor y en el Señor? ¿Cuál es mi llamado? ¿Cuál es mi propósito en Cristo? ¿Qué exactamente quiere que haga? ¿Para qué fui creada?
            El problema en muchas ocasiones es que nos preocupamos mucho y le damos un excesivo valor a lo que dicen otros acerca de mí, a lo que otros piensan que es mi llamado; a la evaluación, al juicio y a la opinión que otros tienen de mí. A lo que dicen otros que yo soy y cómo soy. Y esto incluye a nuestros familiares y amigos, tanto como a hermanos en la fe y líderes, entre otros.
            Solo recuerda todo lo que pensaban de Jesús, quien solo se hizo hombre para salvar al mundo. Piensa en las acusaciones que le hicieron.  Piensa en los insultos, calumnias. Piensa en la reacción de su propia familia. Piensa: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” ¿No fue el día de Pentecostés cuando acusaron a los 120 de estar ebrios? ¿No fue el sacerdote quien pensó que Ana se encontraba en estado de embriaguez en el templo?
            De hecho, en el libro del Apocalipsis se hace referencia ― en una de las cartas que en la visión le ordenó el Señor a Juan escribir al ángel de una de las siete iglesias, a la de Pérgamo―, que: “Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe” (Apocalipsis 2: 17).
Entonces, ¿a quién le vamos a creer? ¿Creeré lo que ha dicho el Señor  acerca de mí? ¿Creeré aquello sobre lo que el Espíritu Santo me convence? ¿O creeré lo que las voces de la mentira, de la incredulidad, del temor y del rechazo dicen acerca de mí?
¿Cuál de las voces es fiel y verdadera? ¿Cuál de todas las voces es la que no miente? ¿Cuál de ellas es la voz de la Sabiduría? ¿Cuál tiene todo el poder y la autoridad? ¿Cuál es la que decide el destino de los hombres? ¿Cuál de todas ellas desea lo mejor para ti?
Cuando Saulo iba camino a Damasco, el Señor detuvo su paso, lo llamó y lo cuestionó: “Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; (4) y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues?” (Hechos 9: 3-4).
El Señor conocía muy bien a Saulo por razones obvias. Conocía su nombre. Y re-pen-ti-na-men-te, la vida de Saulo cambió cuando al Señor le pareció que había llegado el tiempo de revelársele, de aclararle cuál sería desde ese momento su nueva identidad, su nuevo nombre y cuál sería su nueva misión. ¡Alabanzas al Cordero!
¡Así! En el tiempo de Dios. Cuando su vida no podía ser “mejor”. Cuando gozaba de “buena reputación” entre los suyos, diríamos que hasta de “fama”. Su futuro estaba claro para él…hasta ese momento en el que quedó completamente ciego al chocarse con Dios. ¡Repentinamente! ¿Repentinamente para quién? Porque no fue repentinamente para Dios.
Saulo preguntó: “¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón” (Hechos 9: 5).
Jesús se presenta; Jesús se le revela a Saulo dejándole saber que Saulo no lo conocía, pero Jesús sí lo conocía muy bien a él.
Entonces, vemos a un Saulo que no habíamos visto hasta ahora. Ya sabe que el Señor quiere que él haga algo, pero no tiene idea de qué es: “Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿Qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer” (Hechos 9: 6).
Este es un Jesús temible, un Jesús con autoridad y un Jesús que todavía trata a Saulo con cierta distancia: “…y se te dirá lo que debes hacer”. Jesús no dice: “Y Yo te diré lo que debes hacer” o “Yo te diré lo que Yo quiero que hagas”.
Obviamente, Saulo había estado equivocado todo el tiempo acerca de lo que debía hacer para el Señor. Había creído, erróneamente, toda su vida que hacía lo debido. No es hasta ahora que va a enterarse. Ahora es cuando su vida cambiaría radicalmente al conocer al verdadero Dios, al revelársele el verdadero Dios.

Si Pablo tembló y sintió temor, debe ser normal que también tu y yo temblemos y temamos. No obstante, con temor o sin él, con temblor o sin él, la pregunta lógica es esa: “Señor, ¿Qué quieres que yo haga?”. Él contestará de una forma u otra.
De hecho, es Ananías quien primero se entera del propósito de Dios para Saulo de Tarso y es Ananías a quien el Señor comisiona para que le imponga las manos y le explique para qué lo llamaba el Señor.
El texto bíblico dice: “(15) El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; (16) porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hechos 9: 15-16).  
¡Instrumento escogido me es este!, te dice el Señor. ¡El Señor! Porque muchas veces, el hombre desecha lo que Dios valora. El Señor no mira como nosotros y lo sabe todo. El Señor mira lo que está en el corazón. Él dispone todas las cosas y cómo cuestionarle.
Si nos hubiese tocado a nosotros decidir el destino del “ladrón de la cruz” quien reconoció que Él era el Mesías y que no merecía semejante muerte… ¿Qué hubiésemos decidido? Mas a su pedido de que se acordara de él cuando viniera su reino, Jesús le contestó: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23: 4243).
No solo Ananías impuso sus manos sobre Saulo para que recobrara la vista y fuera lleno del Espíritu Santo por orden del Señor. También, el Señor le cambió el nombre de Saulo a Pablo.
Cuando Pablo relata su conversión, narra que el Señor le contestó: “Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues” (Hechos 22: 8). Y añade que cuando Ananías le impuso sus manos, le dijo: “(14) El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca. (15) Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído” (Hechos 22: 14-15).

¿Crees que hay alguna diferencia significativa en el llamado que el Señor te ha hecho a ti o a mí? Yo no lo creo. Estas palabras son congruentes, es decir, concuerdan con la comisión que Jesús les dejó a sus discípulos justo antes de ascender al cielo, que es la comisión que nos ha hecho a nosotros sus discípulos también.
¡Atiende!: “El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca. (15) Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído” (Hechos 22: 14-15).
¡Pon tu nombre! Pongamos nuestro nombre: Julia, Victoria, Luisa, Rafael, Fernando, José, “el Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas Su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de Su boca. Porque serás testigo Suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído”.
¡Increíble! ¡Y todavía no he llegado al punto más importante que deseo resaltar! 
Regresemos al pasaje en el que Jesús les pregunta a sus discípulos “quién dice la gente que yo soy” y, acto seguido, “y quién dicen ustedes”.
Fijémonos, Jesús está interesado en saber si los hombres a quienes ha llamado y a quienes ha escogido para que lo sigan y se conviertan en sus discípulos, lo conocen en realidad.
Por eso, comienza preguntándoles acerca de lo que decían las demás personas, pero lo que realmente le interesaba saber era lo que sabían ellos.
El hecho de que Jesús lo supiera por ser Dios y que aun así se lo preguntara, implica que para Él era importante hacer que los discípulos se detuvieran a pensar, a reflexionar, a cuestionarse a sí mismos si estaban seguros de quién era la persona a la que habían decidido seguir.
Un discípulo debe conocer a Su maestro. No debe tener dudas acerca de quién es porque, entonces, cómo confiar en sus enseñanzas. Y cómo esas enseñanzas serían tomadas como verdades incuestionables, cómo se arraigarían esas enseñanzas en ellos y cómo las enseñarían a otros.
¿Cómo podrían ser buenos discípulos y cómo, a su vez, podrían ir y predicar el evangelio, y hacer discípulos en todas las naciones?
Por cierto, la palabra dice: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11: 6).
Luego de que los discípulos contestan la primera pregunta, es Simón Pedro quien contesta la segunda, acertadamente: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente” (Mateo 16: 16).
Para Jesús es importante que, por medio de Su Palabra y del Espíritu Santo, nos sea revelada esa verdad y que la creamos como lo hizo Pedro. Para Jesús es importante que lo reconozcamos como el Único Dios, el Dios Todopoderoso.
Sin embargo, Jesús no solo se toma el tiempo de asegurarse de que sus discípulos lo sepan. También le interesan otros asuntos.
En primer lugar, a Jesús le interesa que tú y yo sepamos que Él sabe muy bien quiénes somos nosotros. A Jesús le es necesario revelarnos nuestra identidad a la luz de la Suya.
Jesús desea que sepas que Él también te conoce a ti. Por eso le dice a Pedro: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro…” (Mateo 16: 18ª).
Es decir, Jesús lo que está diciendo es: “Tú ya me dijiste quién soy Yo; ahora Yo te digo que yo sé quién eres tú.
¡Transfiérelo! Jesús nos dice a ti y a mí: “Y yo también te digo, que tú eres…” ¡Añade tu nombre! ¡El Señor conoce muy bien tu nombre y sabe muy bien quién eres!
En segundo lugar, el Señor  se reconoce a sí mismo como la roca sobre la cual edificará Su Iglesia. Podemos entender que, al hacer esto, reconoce nuestra participación como piedras vivas (1 Pedro 2: 4-5) fundamentadas sobre la piedra principal del ángulo (Efesios 2: 20; 1 Pedro 2: 6), que es Jesucristo.  
En tercer lugar, al ser edificada la Iglesia sobre la roca inconmovible y no sobre arena, las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mateo 16: 18b). Esta es una declaración contundente que afirma, promete y asegura que nada podrá vencer a Su Iglesia, de la cual formamos parte o, más bien, que somos nosotros.
Iglesia, refiriéndose a todos los que llamó y escogió; y a aquellos que decidieron decirle que sí y seguirle; a aquellos que decidieron separarse y consagrarse a Él.
Entonces, Jesús le entrega a Pedro, y te entrega a ti y a mí, las llaves del reino de los cielos con las cuales nos da poder y autoridad en Su Nombre para atar y desatar en la tierra todo lo que debe quedar atado y desatado en el cielo.
El Señor te ha dado poder por medio del Espíritu Santo y autoridad en el Nombre de Jesús de Nazaret para que puedas llevar a cabo lo que te ha encomendado al revelársete y al haberte llamado por tu nombre.
Hoy el Señor quiere que sepas que Él te reconoce, te recuerda que te llamó por tu nombre y que te escogió. Y que te dice: “Y tu eres…”.
Y…repentinamente cambió o cambiará, sin duda, el rumbo de tu vida. Y…repentinamente te comisionará y te enviará. ¡Así! ¡Re-pen-ti-na-men-te!
Como suelo decir, la Palabra de Dios dice que iremos de gloria en gloria. Por eso, suelo recordarme que hay mucho más por conocer a Dios, que puedo acercarme más porque eso es lo que Él desea. Él desea revelarnos Sus misterios.
La palabra dice: “Cosa que ojo no vio ni oído escuchó, son las que Dios ha preparado para nosotros” (1 Corintios 2: 9).
Lo único que hace falta es que como Moisés le digamos: ¡Heme aquí!



           




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